El Blog de Ana Cepeda

Violencia de Género

14 Mar 2022 | Relatos

Llegó a casa como siempre: tarde y con prisa para cenar. Venía del gimnasio, de observarse en el espejo al hacer pesas mientras el resto de usuarios admiraba su musculatura prieta, su cuerpo escultural. Apenas rozó mis labios al saludarme y volvió a relatar lo mismo: el inepto de su jefe, la inútil de la secretaria, los compañeros, gente incompetente… Estaba harto, cansado; el día había sido agotador y no tenía nada positivo que aportar para no variar. Ni siquiera preguntó qué tal me había ido la jornada. No sé por qué me asombré, si aquella era la pauta de los últimos años, sin embargo, esa noche todo cambió.

No sé cuál fue el detonante que me incitó a poner en marcha aquel plan minucioso que había calculado durante tanto tiempo. Cuál de todos sus desprecios me hirió más; si fue al protestar por la limpieza de la casa, infravalorar mis dotes culinarias o hablarme abiertamente sobre su reciente amante. Comparó mi dilatada barriga con la definición de su figura. Se explayó al contarme cómo disfrutaban cada vez que se veían y cuánto tenía yo que aprender de ellos. Después, llegaron los insultos, los reproches por mi falta de recursos para depender de él. «A ver si acabamos con la farsa», decía. Y yo agachaba la mirada para fijarla en el suelo. «Habrá que divorciarse tan pronto encuentres trabajo aunque va a estar complicado, no sirves para nada». Recalcaba que no estaba dispuesto a pasarme una pensión compensatoria por los años que le había dedicado. Sabía que las leyes no me amparaban y esperaba a darme la patada cuanto antes. Usar y tirar, así es como me sentí. Un juguete roto que le había dejado de ser útil. Yo, que consagré mi vida y alma a cuidarlo, a atender sus necesidades; a quererlo, a atenderlo como creí que merecía. Miles de veces había deseado que la situación fuese como al inicio, que sus sentimientos fueran los mismos que cuando nos conocimos. Me cansé de esperar a que la racha pasara. Era lo que nuestros amigos repetían: «Será una etapa, todas las parejas pasan por fases. Ya volverá la luna de miel». Y yo asentía, consciente de que aquella cantinela no era más que la parte del repertorio de lo que se suele decir.

Preparé su ropa para el día siguiente mientras él se afeitaba y canturreaba aquella canción desquiciante. Esa misma que me recordaba a la vida sórdida de la que él me sacó y a la que ahora se empeñaba en empujarme de vuelta.

Las consecuencias de la cena se revelaron minutos más tarde. La maquinilla cayó sobre el lavabo, su boca se tornó pastosa y la sed le secó el paladar. Me exigió que le trajera un refresco sin azúcar. Bendije el logro de los fabricantes al no distinguirse apenas el sabor entre una bebida azucarada y otra light. El cansancio lo obligó a tumbarse, le fue imposible respirar. Clamó por la insulina que yo le inyecté con sumisión, aunque no fue consciente de que aquello era pura glucosa. Las taquicardias y los vómitos llegarían más tarde, cuando yo ya estuviese en el taxi de camino al aeropuerto. Después vendría el coma hiperglucémico y se acabó.

Me despedí de él con un beso en la frente. Le deseé un buen viaje al infierno, donde su diabetes no le libraría de verse la cara con los mil demonios que había arrojado a mi vida.

Cerré la puerta, subí al taxi y comencé a silbar ese incesante I will survive que yo tanto odiaba, pero esta vez lo hice con una sonrisa en la cara, pues por fin, era un hombre libre.

De Códigos y Muerte - Ana Cepeda Étkina