El Blog de Ana Cepeda

De Códigos y Muerte: Primer Capítulo (para abrir boca)

21 Jun 2022 | Sin categoría

¡Hola!

Ya pasada la vorágine del lanzamiento de «De Códigos y Muerte», subsanar las pequeñas erratas —que me traen de cabeza. Son como las chinches, están pero no las ves—, preparar el booktrailer, que siempre ayuda a que algún remolón se decida a darle una oportunidad a Castro y a Martínez en esta nueva aventura, quisiera darte a «probar» el primer capítulo de este thriller, por si acaso dudabas en meterlo en la maleta contigo para irte de vacaciones.

Estoy convencida de que, según termines de leer este pequeño avance, querrás saber a qué se enfrenta nuestra pareja de policías.

¡Un abrazo!


 
 

1.- El metro

 

La frenada del tren empujó a los pasajeros a buscar el modo de aferrarse a las barras y los asideros. Los que estaban de pie se agolparon contra la pared, convertidos en una pequeña avalancha humana y los que ocupaban los asientos no pudieron evitar ser desplazados y aplastar a los usuarios ubicados en los extremos. La histeria gobernó el convoy tras unos segundos de incertidumbre, y una enorme estridencia puso fin a aquella escena sumergiéndolos en la oscuridad. Hubo también una serie de gritos que reclamaban tranquilidad por encima de la agitación y, al cabo de unos minutos, las luces devolvieron al vagón la normalidad al encenderse de nuevo.

Solo unos pocos viajeros permanecían tranquilos, aunque algunos intentaban apartar de sus memorias aquel fatídico 11 de marzo de 2004. Los resoplidos no tardaron mucho en hacerse notar y el rumor de un posible atentado se hacía fuerte entre los más fatalistas.

—¿Están todos bien? ¿Hay algún herido? —Una voz masculina trató de tomar las riendas al fondo del vagón sin obtener más respuesta que varios lamentos y algún que otro llanto infantil.

El panorama no era tan terrible como pareció en un principio. Se trataba de una brusca parada de emergencia que había provocado un par de magulladuras y alguna que otra caída. La ausencia de estruendos o crujidos extraños en el exterior no indicó algún grave incidente, y en vista de que el tren no retomaba el ritmo, algunos pasajeros se aproximaron a las ventanas para vencer a la curiosidad sin éxito, debido a la oscuridad del corredor.

El libro que leía Paloma en el momento del parón salió despedido hacia una esquina. Echó un vistazo alrededor y se levantó para guardarlo en el bolso. Distinguió al hombre que intentaba ayudar al resto de pasajeros al fondo del compartimento. Se acercó hasta él y verificó que nadie necesitaba asistencia médica. En vista de que el tren no retomaba la marcha, se unió al personal arrimado a los cristales para lograr el mismo resultado que ellos: oscuridad y silencio.

Tomó su teléfono y enfocó con la linterna a través del doble cristal, pero lo único que obtuvo fue su propio reflejo. Tras unos minutos de confusión, volvió al asiento que había ocupado. No supo qué era, pero su intuición le advertía de que el parón no era normal, cosa que comprobó segundos después, cuando se iluminó el alumbrado del túnel que se alineaba a lo largo de las vías. Los mismos curiosos que antes se habían posicionado frente a los cristales retomaron la ubicación, como si se hubiese pactado previamente el espacio perteneciente a cada uno. Las voces se aceleraron con ímpetu y el calor se hizo más denso, provocando que algunos rompieran a sudar y a protestar. Era tarde, estaban cansados y nadie informaba de lo que sucedía.

Paloma se puso en pie de nuevo. El reloj marcaba las 22:35. La jornada había sido muy intensa. Tenía hambre y ganas de volver a casa. Lo único que le faltaba a esas alturas de la noche era tener que soportar un motín dentro del tren. Comprobó con satisfacción que tenía cobertura en el móvil. Estaban parados entre dos estaciones con repetidores, de ahí el vocerío. Unos informaban a sus familiares de que tardarían en llegar a sus destinos; otros simplemente charlaban para distraerse y hacer más breve la espera.

El tumulto cesó en cuanto la melodía de avisos del Metro de Madrid anunció por megafonía que, por causas ajenas a la compañía, el servicio permanecería suspendido. «Les rogamos permanezcan a la espera. Disculpen las molestias». Los cuchicheos pasaron a convertirse en críticas estériles al Consorcio de Transportes, al Ayuntamiento y la Comunidad, por no mencionar al gobierno entero, «que así iba el país». Y poco a poco, la inquietud se convirtió en apatía y la preocupación en desidia. Lo que pareció ser un breve percance se transformó en una larga espera donde abanicos improvisados con papeles y carpetas servían para paliar los sofocos. No transcurrió mucho tiempo para que comenzaran las charlas entre diferentes personas que hasta ese momento habían sido completos desconocidos. Las risas adolescentes no atenuaban el volumen de las conversaciones que se emitían por encima de todo aquel jaleo.

Mientras tanto, permanecía alerta, observando a todos y cada uno de los allí presentes. Cuanto más tiempo pasaba más se convencía de que aquello no era una simple avería eléctrica. Sospechaba que la falta de información se debía a alguna anomalía excepcional y que, ante todo, no querían alarmar a los pasajeros. En aquel momento, ella era una más. Aun así se aseguró de que el arma quedara a mano con disimulo. Memorizó todas y cada una de las caras y luego proyectó toda la atención sobre la oscuridad del túnel. El reflejo de su rostro le devolvió la imagen de una mujer cansada, con ojeras oscuras y necesidad de un sueño largo y reparador. Colocó las manos para tapar el resplandor sobre el cristal y le pareció que un minúsculo destello se movía al final de la curva en la que estaban parados. No transcurrió mucho tiempo hasta que percibió otro, pero este parecía agitarse. Dedujo que eran varias linternas enfocando las paredes del túnel. Estaba claro que algo inusual estaba sucediendo. Además, no había vuelto a pasar ningún tren en sentido contrario desde hacía un tiempo. Su aliento se adosó al cristal y la visibilidad se dificultaba. Buscó un hueco en la puerta de al lado, entre un chaval de unos veintitantos cuyos auriculares estridentes anunciaban una futura sordera y una treintañera entrada en carnes. Su hipótesis cobró fuerza al divisar a un hombre que corría sobre las traviesas de las vías en dirección a la cabecera del tren. Otro pasó a la carrera después.

Dedujo que eran los vigilantes de seguridad por las bandas reflectantes de sus uniformes. Aceleró el paso hacia el inicio del tren. El convoy era de los que no tenían puertas entre los diferentes coches y se podía transitar sin dificultad entre vagones. En los compartimentos inmediatos encontró una situación similar. Pasajeros protestando, voces por encima de las protestas, un indigente que aporreaba una guitarra con restos de un cigarro apagado entre sus labios; personas charlando por el móvil a voz en grito y otras que, preocupadas, no se despegaban de los cristales. Algunas parecían reprobarla con un gesto por el hecho de cambiarse de vagón. Se cruzó también con otros que caminaban en sentido contrario, buscando un asiento o quizá una nueva ubicación.

Por fin llegó a la cabecera del tren y empujó el picaporte para acceder a la cabina del maquinista. Tal y como había supuesto, la puerta estaba cerrada. Por si fuera poco, el propósito de pasar desapercibida se malogró, ya que varias personas proyectaron toda la atención sobre ella. Golpeó con los nudillos la puerta con la esperanza de que el conductor abriera. Un anciano comentó que debería sentarse y guardar la calma, que el tren podría arrancar en cualquier momento. A su lado, una mujer latina le informó de que en la cabina no había nadie.

—¿Cómo que no?

—He visto bajar al driver. Estaba mirando debajo del tren, pero no se ve más.

—A lo mejor, hemos pinchado —terció un individuo que se sentaba a su derecha. Era un cincuentón de pelo pegado a una incipiente calva, de cuerpo achaparrado y ropa descuidada que, al ver a Paloma, no dudó en hacerse el gracioso. Ella le dedicó un gesto aséptico. Le pareció un chiste muy viejo y muy manido. Tenía pinta de ser el típico crápula que aprovechaba cualquier momento para tontear a base de bromas malas y obsoletas que tuvieron cierta gracia veinte años atrás. Lo ignoró y fingió no haber entendido el chascarrillo y, cuando iba a explicárselo, lo dejó con la palabra en la boca al dedicar toda la atención a lo que sucedía en el túnel. Vio a dos vigilantes que hablaban con un hombre que apenas lograba distinguir. Discreta, buscó su identificación y golpeó el cristal con una sortija afincada en su dedo anular tapando la maniobra con su cuerpo. En un principio, ninguno llegó a escuchar el ruido metálico, pero al cabo de varios chasquidos, uno de ellos levantó la cabeza en busca de aquella señal acústica que le chirriaba en los oídos. Se acercó hasta la ventana muy despacio y enarcó las cejas. Apuntó con una linterna la ficha que se adosaba sobre el cristal y que la reconocía como subinspectora del Cuerpo Nacional de Policía. Alcanzó a verla y comprendió las señas. Con rapidez, subió a la cabina y desbloqueó la puerta. Se coló con prisa dejando atrás un tumulto de reproches y algún que otro silbido, pero no dio opción a que el resto de pasajeros se manifestara con más vehemencia.

—Soy la subinspectora Martínez, de la Brigada de Homicidios —se presentó—. ¿Por qué estamos parados?

El semblante del conductor se relajó con alivio al saber quién era. Llevaba un buen rato a la espera de que alguien le dijera cómo proceder, además de las órdenes que le habían indicado desde el puesto de mando, que no eran más que permanecer allí hasta que llegara la autoridad competente.

—Un atropello. ¡No he podido frenar! ¡Estaba justo, justo detrás de la curva y…! —sollozó.

—¿Aquí? ¿En este tramo?

—Sí, lo sé, ¡aquí! Es muy raro. Los suicidios y las caídas se dan en los andenes. ¡No entiendo cómo ha podido llegar a este punto si estamos entre dos estaciones!

El conductor, lívido, se sujetaba a una de las barras para no perder el equilibrio. Se encontraba tremendamente afectado.

—¿Dónde está?

—Abajo, hecho papilla. Creo que es un varón. —Se dejó caer sobre su asiento, ahora ya más tranquilo—. Está desparramado por varios sitios —susurró con la cara oculta entre las manos—. No es que sea muy agradable…

La subinspectora quiso decir que llevaba años viendo cosas peores, pero decidió no perder el tiempo y saltó a las vías. Al conductor le habían dado permiso desde la sala de control para poder bajar al túnel con la seguridad de que la circulación estaba cortada en ambos sentidos.

—¿Han avisado a la Policía? —gritó ella desde abajo.

—Sí, lo ha hecho el puesto de mando y me han dicho que me quedara a la espera. Pensaba que usted… —gritó, confuso.

—No, yo estaba dentro, en el tren, pero no se preocupe. En breve vendrá algún compañero.

—A ver si adelantamos un poco —suplicó, agotado—. Hay que sacar a toda esta gente de aquí.

Bajó muy despacio y tomó asiento en el pie de hormigón de un poste que dividía los dos tramos de las líneas que se cruzaban en aquel punto. Estaban en un cruce y no se hacía complicado maniobrar con amplitud.

Agachada sobre lo que parecía una pierna, examinó la extremidad mutilada que había quedado entre las ruedas del tren. Alcanzó el móvil y enfocó con la linterna. El horrendo espectáculo de carne despedazada, huesos y vísceras esparcidas entre los travesaños le revolvió el estómago. Lo que quedaba de un brazo se situaba metros atrás y algo redondo y oscuro que podría ser la cabeza quedó justo al otro lado de la vía. Le quedaba la esperanza de que los pasajeros del primer vagón no alcanzaran a distinguir aquel festival de casquería humana. No obstante, elevó la vista hacia las ventanas y pudo diferenciar a varias personas pegadas al cristal, tal y como había estado ella hasta hacía bien poco. Afortunadamente, entre la pobreza del alumbrado y la situación donde habían quedado las amputaciones, la visibilidad era nula, así se ahorrarían la histeria colectiva.

Uno de los guardias de seguridad se acercó y le consultó si sus compañeros tardarían mucho en llegar, pero no pudo informarle:

—Supongo que el problema está en acceder hasta aquí. No creo que tarden demasiado —dijo a modo de disculpa—. Déjenme que haga una llamada.

Marcó el contacto de su jefe quien, tras varios pitidos, contestó con cierto tono de fastidio.

—Castro, perdona si te interrumpo.

—Dime, estoy cenando con la niña —comentó con la boca llena.

—Estoy en el metro, en mitad de un túnel.

—¿Y eso?

—Ha habido un atropello.

—¿Y quieres que vaya a por ti? —usó su tan característica ironía.

—No. Estoy entre dos estaciones y creo que va a llevar un tiempo poder salir de aquí.

—¿Te llevo una pizza?

—Bueno, con el estómago que se me ha puesto, no hay muchas ganas, la verdad.

—Normal, es que los atropellos son muy escandalosos.

—A ver, ¿quieres dejar ya la sorna para otro momento y hacerme caso?

—Que síííí, venga, suelta…

—Hay un hombre despedazado entre las vías. Ha sido atropellado a medio camino entre Colombia y Nuevos Ministerios. Nadie entiende cómo ha llegado hasta aquí, y lo peor no es eso.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué?

—Que a este se lo han cargado antes.

—¿Cómo? —preguntó antes de sorber el líquido ruidosamente con una pajita.

—Pues que no hay una gota de sangre.

—Joder, Martínez. Ya me has dado la noche.

De Códigos y Muerte - Ana Cepeda Étkina