El Blog de Ana Cepeda

Cien Años sin Soledad

15 Sep 2022 | Relatos

Acababa de llegar y no sabía qué hacía allí. Sorprendido, miró a su alrededor sin entender qué es lo que estaba pasando. Reconoció la sala y aquella gente que forcejeaba con algo que no lograba ver, pero ella no estaba entre el gentío. La buscó también en los alrededores de la sala, en vano. Salió después de la habitación y llegó a un pasillo en el que el tumulto de la gente parecía atropellarlo. Tampoco estaba fuera. Entonces se percató de que los de dentro abandonaban la tarea y salían del lugar.

Sobre una cama que se enfriaba observó una figura enjuta y estática. Se acercó muy despacio hasta ella y fue cuando comprendió. Tapado hasta el pecho con una sábana rígida, su propio cuerpo yacía inerte. El rostro paralizado en el mismo momento que su corazón transmitía la tragedia, sin embargo, la paz que ahora lo envolvía lo calmó de tal manera que logró entender de una vez aquel proceso. Después, percibió una poderosa presencia a su espalda que lo obligó a girarse. Ahí estaba él, sonriente, con manos anchas y abiertas, esperando un abrazo. Y no dudó. Según lo vio se lanzó a fundirse en su pecho. No hizo falta explicar más. Tras ellos había una anciana que aplaudía la escena y, junto a ella, un niño de no más de cinco años y un joven sonriente completaban aquel cuadro.

Salieron juntos, dejando atrás a aquel cuerpo estático, en espera de que en breve vinieran a llorarlo. No dejaron de hacerse preguntas y contestar respuestas escoltados por el cortejo que formaban la anciana, el joven y el niño. Hacía ya mucho tiempo que ambos debieron contarse tantas cosas que se atropellaban con las palabras, pero ahora disponían de tiempo. Un tiempo que ahora ya no importaba, allá donde el espacio es infinito y no hay meta más que hallar el sentido de lo ya vivido.

Tiempo después, ambos se sientan a charlar cada tarde para observar cómo la puesta de sol baña a los que dejaron en vida. Comentan, discurren, se dan la razón o se la quitan, pero siempre en armonía.
Hoy es un día especial y les acompaña una buena botella de vino. Porque aquel que recibió hace muy poco a su propio hijo cumple cien años. Nunca pudo haber imaginado que llegada esta fecha estaría tan bien acompañado.

 

Pd: A mi padre, Pedro Cepeda Sánchez, en el centenario de su nacimiento.

 

De Códigos y Muerte - Ana Cepeda Étkina